El invierno recién comienza y ya hemos tenido fuertes lluvias y otros eventos climáticos relevantes. Hace unas semanas, un tornado con vientos de entre 130 y 178 km/hora, dejó al menos 12 heridos y numerosos daños materiales en Puerto Varas. Durante los meses de verano, una ola de calor facilitó grandes incendios que consumieron miles de hectáreas de bosque y algunos poblados afectando a centenares de personas.
¿Cómo se relaciona esto con la transición energética? La transición responde a la necesidad de mitigar el cambio climático, pero también de adaptarse a sus efectos, entre los cuales se encuentran los fenómenos climáticos extremos como los antes mencionados, así como a todos los cambios de contexto para los sistemas energéticos.
Desde el siglo XIX las actividades humanas asociadas al uso de carbón, petróleo y gas han arrojado a la atmósfera grandes cantidades de CO2, generando el efecto invernadero, elevando la temperatura del planeta (en la actualidad, la temperatura promedio es 1,1°C más alta que en el período previo a la revolución industrial) y afectando los patrones climáticos que habían prevalecido por varios siglos. Pero este no es el único nuevo riesgo relevante para los sistemas energéticos: también debemos considerar los riesgos antrópicos que pueden ir desde problemas de diseño u operación hasta seguridad física y ciberseguridad de la infraestructura energética.
Avanzamos en la Transición Energética para reducir las emisiones, pero, como hemos argumentado recurrentemente en el ODTE, eso no basta: en el camino debemos procurar que el sistema energético sea seguro y resiliente frente a los nuevos desafíos, pues debe ser un pilar de un desarrollo sostenible. Esto implica minimizar los riesgos de impactos sobre el sistema energético, minimizar el impacto de los riesgos sobre nuestro desarrollo global en caso de que se materialicen y, en el caso de que se produzcan los impactos, estar preparados para que el retorno a las condiciones normales sea lo más rápido posible.
Lograr un nivel elevado de seguridad y resiliencia no es fácil.
En el largo plazo, debemos hacer cambios clave en infraestructura y en modelos de gestión: invertir en eficiencia energética, en los sistemas de transmisión y distribución, diversificar fuentes, expandir el almacenamiento, invertir en equipos de control y operación, promover redes inteligentes y descentralización, mejorar las capacidades de inteligencia y anticipación además de regular cuidadosamente el uso de combustibles fósiles y su proceso de reducción progresiva.
En el corto plazo, mientras llevamos adelante los cambios de fondo que son necesarios, es esencial enfocarse en mejorar las capacidades de gestión y reacción frente a los diversos riesgos. Contar con protocolos claros es una medida de resiliencia. Recordemos, por ejemplo, como durante la crisis de agosto del año pasado la comunicación de las autoridades fue poco tranquilizadora para la ciudadanía y la información entregada a menudo imprecisa y poco útil.
Nos queda aún la mayor parte del invierno por recorrer y, por lo tanto, varios posibles riesgos a enfrentar. Esperamos colaborar con un debate abierto, amplio y riguroso para hacer de la seguridad y resiliencia ejes centrales de una transición energética exitosa.